De la serie estáis en mi historia

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Imprenta de el Diario La columna
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Hace 30 años La Columna hizo milagros

Por: Marlene Nava

Antes de cumplir un año en las calles de Maracaibo, el diario La Columna logró el milagro: el 27 de junio de 1990, hace exactamente treinta años, pasó de ser sólo “un edificio viejo y con goteras, cuidado por un vigilante que vivía en el sitio, una rotativa echada a perder; y un murciélago”, a convertirse en Premio Nacional de Periodismo, frente a colosos de larga y notable data, como El Nacional y La Religión. Que, por cierto, ese año celebraba sus bodas de oro.

Apenas nueve meses habían transcurrido desde su salida el 8 de septiembre del año anterior, cuando bandadas de pregoneras sorprendieron la madrugada maracucha cantando el pregón desde un colorido tabloide. Y en el reducido territorio de sus 32 páginas se regodeaba la historia del acontecer mundial para esa fecha.

Y es que el periodiquito rendía. A escasos tres meses de iniciar su nueva vida publicó, en exclusiva a nivel mundial, el operativo militar que acabó con la dictadura Noriega en Panamá. Tubazo que afectó hasta a medios internacionales de la talla de The New Times y The Washington Post, cuyas ediciones de ese día no publicaron nada al respecto.

Pero además, como reseña su proyectista y primer director, Luis Enrique Alcalá, “en un patio dominado por la presencia de Panorama, cuya hegemonía informativa nunca había sido quebrada por otro diario”, y que mantenía un cuasi-monopolio informativo determinante para los zulianos, La Columna lograba a seis meses de su reaparición, una circulación pagada que superaba la de ese periódico en unos seis a nueve mil ejemplares diarios en Maracaibo. Y en ocho meses, alcanzaba el punto de equilibrio entre costos de operación e ingresos por publicidad (USA Today se conformaba con lograr esa meta en cuatro años).

Para Alcalá, no obstante, un factor fue definitivo en el éxito de este diario, fundado en 1924 con el nombre de El Bien del Pueblo, y cerrado por la curia para su reorganización en junio de 1988. Y “este fue el concepto que La Columna postuló para entender al lector al que serviría”. Que, un mes antes de su salida, quedó definido “como un lector inteligente, que preferiría se le elevase a ser reducido a lo chabacano, y como ciudadano del mundo, no como marabino sojuzgado por un más bien mítico centralismo caraqueño”. Esta concepción no fue nunca explicada a los lectores, pero penetró los cerebros y corazones de cuantos trabajaron en el periódico.

Finalmente, en 1989 este periódico revolucionaba el sistema de composición de páginas a través de medios electrónicos. Ese año pasa a ser el primer impreso venezolano totalmente realizado en microcomputadora, o computadora personal; también conocido como Compatible IBM PC. Modalidad que fue seguida rápidamente por otros impresos del país y transformó la concepción del diseño y de los talleres.

Su crecimiento fue tan vertiginoso e inesperado que, ante el asombro de sus propios artífices, el 21 de diciembre de 1989 (dos meses y trece días después de la salida), se llegó a la conclusión de que la vieja rotativa Color Press no podría con la carga de la demanda y era preciso buscar una de mayor capacidad.

A estos logros contribuyeron muchas personas. En principio el Arzobispo de Maracaibo, Monseñor Domingo Roa Pérez, que abrió una pausa a su tradicional ortodoxia y se plegó a un inteligente laissez faire frente a sus hacedores y su financista principal Gustavo Gómez López, desde su posición de presidente del Banco Hipotecario de Occidente.

Luego, aquel enjambre de periodistas de estreno, recién egresados de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia—con conocimientos y guía ética de profesores del tamaño del legendario Sergio Antillano— que conformó el equipo inicial: Jesús Urbina Serjant, Lilia Montero, Carlos Caridad, Marco Tulio Socorro, Patricia Rincón, Vinicio Díaz, Judith Martorelli y los fotógrafos Gustavo Bauer y Fernando Bracho Y más tarde, Lucía Contreras, Sarita Chávez, Marlene Nava y Celalba Rivera. Con la excepción de unos muy pocos veteranos—como Francis Blackman, en deportes.

Y, finalmente, tres personalidades que Alcalá considera pivotes de excepción en la construcción de esa catedral regional de las comunicaciones.

En primer lugar, “Don Orlando Espina, exitoso encargado de la crucial tarea de distribuir el periódico. Fue éste quien ideó la triunfal estrategia de las pregoneras, para quienes diseñó dos circuitos de distribución que cubrían toda la ciudad; y los kioscos que venderían nuestro periódico.

Luego, estaba Don Juan Planas, que se convirtió en la columna administratuiva y financiera del periódicos. Estableció tarifas y estrategias publicitarias, el precio del periódico y llegó a ser su milagrero: ocho días antes de su salida, LA Columna no contaba ni con una resma de papel. Don Juan logró el prodigio. Su vasta experiencia lo acompañaba.

Otro Juan modeló la brillante fisionomía del nuevo diario. Sus directivos realizaban largas e infructuosas reuniones para el ordenamiento de los espacios, hasta que Juan Bravo apareció, tres días después de uno de estos encuentros, con una organización completa de secciones enteramente lógica, grandemente práctica.

-Juan, cuenta Alcalá, fijó las maquetas ordenadas y rellenas de 32 páginas en las paredes del salón de reuniones, cada una de ellas bellamente diseñada y diagramada. No era sólo su hermosura gráfica, sino la transparente organización de secciones, de fácil e instantánea comprensión y manejo de los lectores que aún no teníamos, lo que tranquilizó a todos. Estuvieron fijas en esas paredes por más de un mes, donde alcanzó a verlas Gustavo Gómez López, el factótum financiero del proyecto. Paseó por la sala mientras escuchaba las explicaciones pertinentes, al cabo de las cuales exclamó: “¡Aquí huele a éxito!”

Recuenta que “la primera página fue por sí sola un éxito dentro de ese éxito, con el logotipo o masthead vertical, como una columna, la noticia de abrir arriba—por ejemplo, que Panamá había sido invadida por los gringos- con su titular, la foto pertinente y su sumario, y la mitad inferior que contenía cápsulas sintéticas de las más importantes informaciones y su útil llamado a las páginas correspondientes bajo un genérico y sencillo título: 24 horas.

Por último, reseña que “antes de ellos, contraté a Ana Coromoto Osechas como Secretaria Ejecutiva. Antes de mudarme de un todo a Maracaibo (el 10 de marzo de 1989), iba y venía, y me alojaba en el Hotel Kristoff, donde Ana atendía la recepción con gran amabilidad y evidente inteligencia. Pensé que a un caraqueño que desconocía el patio marabino le convendría alguien que lo conociera bien, y no me equivoqué con Ana; fue un competente, discreto y leal pilar de apoyo

Sin embargo, el pilar fundamental fue el mismo Luis Enrique, con la apertura suficiente para detectar capacidades, destrezas y talentos; y abrir las compuertas a la creación individual, siempre enriquecedora para el quehacer colectivo.

Hoy, él relata que su contrato como Editor Ejecutivo de La Columna empezó a tener vigencia el 1º de enero de 1989. Y que, por ese documento, quedaba obligado a dirigir el relanzamiento de un periódico cuyo dueño era la Arquidiócesis de Maracaibo, entidad que lo había cerrado en junio de 1988. La que financió ese proyecto fue el Banco Hipotecario de Occidente que presidía Gustavo Gómez López, cuyo escritorio jurídico me contratara para la misión.

Era Aníbal Romero, profesor de la Universidad Simón Bolívar, asesor de Gómez López y conocido mío desde 1977, cuando fui asesor ad honorem de la Secretaría Permanente del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, donde él era analista. A Romero le convencí, a comienzos de 1988, de migrar de su computador con software de Microsoft a uno Macintosh, cosa que agradeció mucho al constatar la amigable e intuitiva interfaz de este último. Un sábado de octubre de ese año de 1988, Romero me pidió que lo condujera adonde pudiera comprar diskettes para su nueva máquina y lo llevé a una tienda de Sabana Grande, no lejos de la venerable Librería Lectura-

Allí, dice, empezó la cosa. Beneficiado de mis conocimientos de computación en el ambiente de Apple, me preguntó si no estaría dispuesto a instruir a los entonces inexistentes periodistas de un periódico de Maracaibo, para el que se había seleccionado equipos de esa marca y cuyo arranque financiaría Gómez López. Me mostré abierto a la idea y añadí que mi señora y yo acabábamos de dictar un curso de iniciación en Macintosh a personal del Instituto de Formación Demócrata Cristiana fundado por Arístides Calvani. (Ella y yo, por otra parte, habíamos tomado ese mismo año un curso sobre el software de diagramación PageMaker, que casualmente fue el escogido para el diseño y montaje del periódico que entonces era sólo “un edificio viejo y con goteras cuidado por un vigilante que vivía en el sitio, una rotativa echada a perder y un murciélago”, según descripción posterior de mi esposa).

Luis Enrique Alcalá puso el alma y la vida en esa tarea. Era el gran animador de muchos talentos y el estratega de una línea editorial y una conducta admnistrativa cargada de decisiones inteligentes y de convicciones éticas.

Se negó a aceptar un brusco cambio de timón en los modos de hacer y en abril de 1990 se despidió, después de una interrupción en la publicación del diario, con una producción escrita, diagramada y editada en su totalidad que llevaba el nombre de El Editorial Mollejuo, en el que realizó una disección de las realidades locales y plasmó una serie de pronósticos como secuela de un profundo análisis.

La Columna que reapareciera en 1989, escribe hoy, ya no existe. Luego de peripecias que negaron su espíritu franco e innovador, que destrozaron su enriquecido ambiente de trabajo, cerró sus puertas definitivamente diez años después. Pero hace veinte años fue—todavía lo es—el mejor periódico que se haya hecho en Venezuela. Sus proezas de entonces esperan todavía por un trovador que las cante. 

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